Un oficio devastado por la precarización y los salarios miserables

Por Juan Carlos Giuliani*

El Día del Periodista (Día del Trabajador de Prensa) fue establecido en 1938 por el Primer Congreso Nacional de Periodistas celebrado en Córdoba -del que participó, entre otros, Juan José Hernández Arregui, radicado por entonces en la ciudad de Villa María-, en recuerdo del primer medio de prensa con ideas patrióticas. El 7 de junio de 1810 Mariano Moreno fundó la “Gazeta de Buenos Ayres”, primer periódico de la etapa independentista argentina.

En medio del ninguneo y menosprecio del poder, sobreviviendo a salarios de miseria y al flagelo de la precarización laboral, esforzándonos por diferenciarnos de la caterva que degrada el oficio más apasionante del mundo haciendo “periodismo de periodistas” y pontificando las bondades del modelo extractivista-dependiente, este 7 de junio se conmemora un nuevo aniversario del Día del Trabajador de Prensa.

Lo hacemos lidiando sin concesiones contra los que se la pasan falseando la verdad en el altar de los que mandan –por 30 monedas o por sumas millonarias-, saqueando la confianza pública, codeándose con la escoria de los ’servicios’ para difamar al que piensa y actúa diferente, soportando una oleada de despidos, enfrentando la escandalosa concentración mediática y con el compromiso de no callar, de seguir dando testimonio de las alegrías y penas de nuestro pueblo.

Desde hace más de treinta años, y después de mucho debate, decidimos en Córdoba rebautizar el “Día del Periodista” por el “Día del Trabajador de Prensa”, como una reafirmación de nuestra pertenencia de clase. Periodista hace alusión a redactores, fotógrafos, profesionales de la comunicación. Deja afuera a los trabajadores de Administración, Intendencia y Expedición de la prensa escrita, a los vendedores de publicidad, diagramadores, productores, y otros tantos actores del ramo.

No se trata -a nuestro juicio- de una discusión ociosa. Remite a refrendar nuestra condición de trabajadores o de considerarnos integrantes de la legión de profesionales liberales, tal cual lo enseña la Academia desde las escuelas o facultades de Ciencias de la Comunicación, donde ni por casualidad se dicta el Estatuto del Periodista Profesional, una conquista señera del gremio.

Cuando Rodolfo Walsh nombra entre las cosas que quiere “el trabajo oscuro que hago, los que no obedecen, los que no se rinden, los que piensan y forjan y planean, los que actúan, el análisis claro, la revelación de lo escondido”, describe el deber ser de los hombres y mujeres que abrazamos este noble y bastardeado oficio de contar lo que pasa y opinar sobre el mundo, las cosas, la gente, hasta que la dignidad sea costumbre.

En esta lucha a brazo partido en la disputa de la renta a los grupos económicos propietarios de la inmensa mayoría de los medios de comunicación, el salto cualitativo lo marca el grado de organización alcanzado por los compañeros en cada lugar de trabajo. Desde esa plataforma se construye la libertad y democracia sindical y se interpela el poder de las patronales para demandar nuestros derechos salariales, laborales, de seguridad y medio ambiente.

Somos artesanos de un oficio que tiene, desde sus orígenes, múltiples ejemplos de entrega y compromiso con la causa de la clase trabajadora. No está de más recordar que entre los Mártires de Chicago figuran tres periodistas: Adolf Fischer; Albert Parsons y Hessois Auguste Spies.

Pertenecemos a un gremio castigado, perseguido, silenciado: En 2019, con motivo de conmemorarse el 43º aniversario del último Golpe de Estado, el Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado (RUVTE) estableció que fueron 223 los periodistas, trabajadores de la comunicación y obreros gráficos desaparecidos durante los años del terrorismo de Estado.

La proliferación de medios autogestionados barriales, locales, regionales, comunitarios en los diferentes soportes que actualmente habilita el desarrollo tecnológico, va forjando la articulación, todavía incipiente y deficitaria, de una red de comunicación popular que se erige como el mejor antídoto al oligopolio comunicacional, promueve la comunicación propia y contribuye a romper el cerco informativo.

El Gobierno ultraderechista de Milei odia a los periodistas, está empeñado en pulverizar los Medios Públicos y favorecer aún más la escandalosa concentración mediática, mientras estigmatiza la labor de la prensa y persigue al periodismo que no se alinea con su fundamentalismo neofascista.

Es hora de repensar al sujeto de este noble oficio en clave colectiva -porque nadie se salva solo- para que la comunicación se sustente en la verdad, que siempre es revolucionaria, y en distribuir la palabra con Justicia Social.

*Periodista. Escritor. Congresal Nacional de la CTA Autónoma en representación de la provincia de Córdoba