Después del tiroteo en una escuela en San Cristóbal, una onda expansiva de amenazas y retos virales se sostuvo varias semanas en las escuelas secundarias de Argentina. ¿Qué pasa cuando una problemática deja de ser viral? ¿Qué relaciones son necesarias para continuar pensando más allá de la urgencia? Estas y otras preguntas dieron lugar a un conversatorio organizado por la Escuela de Ciencias de la Educación, FFyH, UNC, y algunas de las reflexiones se comparten en esta nota.
Por Marcela Carignano* para La tinta
La policía en la puerta de la escuela
“Yo quiero contar en carne y hueso ―dice Flavia Piccolo, vicedirectora de un IPEM― cómo vivimos las amenazas de tiroteo y la presencia de la policía en la escuela. No hay protocolo, no existe una línea o pasos a seguir cuando la denuncia viene desde fuera. Lo primero que quiere hacer la policía es ingresar al aula: ‘Venimos a buscar a tal estudiante, de tal curso, por un llamado que recibimos al 911’. En ese momento, me salió decirles que entendía, pero que no iban a pasar, porque la autoridad en la escuela soy yo y quien conoce a los estudiantes y sabe cómo abordarlos soy yo”. Su relato surge porque la familia de un alumno hizo una denuncia anónima al 911 a partir del rumor de que un estudiante había llegado a la escuela con un arma.
Flavia aclara que, cuando hay sospecha de un arma en la escuela, saben cómo actuar porque hay protocolos y enfatiza: ‘La Guía para la intervención en protección ante situaciones complejas, trayectorias cuidadas y vulneración de derechos relacionadas con la vida escolar’ tiene 88 páginas y su lectura implica tiempo de trabajo. Es parte del saber profesional conocer esos procedimientos que, en este caso, no son punitivos e intentan proteger, cuidar, contener. Porque entienden que la escuela no es una institución judicial, sino una institución de cuidado y formativa”. Ella es egresada de la Escuela de Ciencias de la Educación (ECE) y su relato abre el conversatorio “Del protocolo a la reflexión: conversaciones pedagógicas sobre amenazas y violencias en la escuela secundaria”, organizado por la ECE, donde además participaron: Nora Alterman, profesora titular en Didácticas Específicas y especialista en convivencia escolar, recientemente jubilada; Andrés Hernández, profesor asistente de la cátedra de Sociología, investigador en «Juventudes, participación política y ciudadanía»; y Juan Porra, profesor en Ciencias de la Educación, quien actualmente investiga sobre centros de estudiantes en escuelas secundarias de Córdoba. Para la directora de esta casa de estudios, Lucía Beltramino, la conversación fue “una apuesta para evitar respuestas simplificadoras, estigmatizantes o pretendidamente objetivas que clausuran preguntas e interpretaciones. La complejidad de lo ocurrido no puede ser solamente explicada por especialistas, necesitamos escucharnos y escuchar, sobre todo, a los estudiantes frente a la urgencia que impone esta coyuntura”.
La actividad se llevó adelante el martes 2 de junio, a poco más de 60 días de la muerte de Ian Cabrera, de 13 años, como consecuencia del tiroteo en la Escuela de San Cristóbal. Y a tan solo 72 horas del femicidio de Agostina Vega, de 14 años. “No creemos que sean situaciones inconexas, emergen de una trama de violencia, surgen en un entramado, en una sociedad heterocispatriarcal donde proliferan los discursos de odio que encuentran en las instituciones, en las redes sociales y en los medios espacios donde alojarse y reproducirse”, dice Lucía.
Después de lo sucedido en San Cristóbal, una onda expansiva de amenazas de tiroteo y retos virales se sostuvo durante dos o tres semanas en las escuelas secundarias de Argentina. Para Nora Alterman, “la escuela siempre fue un lugar seguro y confiable a donde enviar a nuestros hijos para educarse. Hoy, estamos ante una suerte de desconfianza, especialmente cuando se visibilizan situaciones que son de alta complejidad y los discursos que proliferan tienden a mostrar al alumno como único responsable, y promueven la denuncia y representación del otro como un enemigo, como un riesgo o amenaza”. Reconoce distintos modos a partir de los cuales puede nombrarse a la violencia en las escuelas: maltrato físico, bullying, ciberbullying, violencia de género, pero se detiene especialmente en señalar aquella violencia simbólica que muchas veces ejercen los propios docentes sobre los estudiantes: “Violencia que se transforma, generalmente, en una desautorización futura del otro o en falta de reconocimiento que constriñe la tarea de educar”.
Las palabras de Nora enlazan con la situación que narró Flavia, para quien, frente a la denuncia de un estudiante, el desafío fue impedir que la policía ingresara al aula y se lo llevara.“Había policías en la puerta queriendo entrar, no era uno, de repente, eran diez. Entonces toda una escuela entra en pánico con esa presencia, los docentes tuvieron que contener a toda la comunidad. En la dirección, le pedí al estudiante denunciado que abriera la mochila, porque querían requisarlo. Toda mi intervención fue lidiar con la policía y con su mecanismo criminalizante y antiderechos porque estamos hablando de un chico de 14 años. Le pedí que mostrara lo que tenía en la mochila: era un arma de juguete que tiraba pintura. La tenía en la mochila porque se había juntado con un primo a jugar”.
Una intervención a tiempo: detener el apuro de una denuncia, de una requisa, pedir permiso para abrir la mochila, encontrar una pistola de juguete. No dejar que se criminalice a un pibe de 14 años, habilitar en este presente otro futuro para él, para ella como educadora, para la escuela como espacio de promesa colectiva.
La importancia de que el mundo adulto no dimita en su rol de educador, planteará Juan Porra, es justamente poder acompañar a los y las adolescentes. Habilitar el encuentro para poder conversar sobre lo que les pasa: “Ser profesor y estar con jóvenes es, de alguna manera, ir trabajando cotidianamente con el dolor de ellos, tomando una posición frente a eso, hablar y tratar de entender esos dolores que hoy son muy particulares”.
Más allá de los retos
Nora Alterman y Andrés Hernández acuerdan en una cuestión: que un reto viral incite a escribir en las escuelas: “Mañana tiroteo”, “Tiroteo a las 11 (no es joda)”, puede ser entendido como la manera que los adolescentes encuentran para hacerse escuchar. Los mensajes en el baño parecen dar cuenta de la importancia que la escuela aún tiene, más allá de las redes sociales, como espacio de encuentro entre ellos y con los adultos. ¿Qué esperan los adolescentes hoy de las escuelas y los adultos? ¿Qué están buscando transformar? ¿Qué se interpela? ¿De qué formas construir las maneras para encontrarnos?
Varios días después de las amenazas escritas en los espejos del baño de la escuela donde trabaja Flavia, se organizó una instancia de conversación con los sextos años para plantear que “ya no podían hacerlo más”. Los estudiantes propusieron hacer uncontrarreto viral que luego difundieron por las redes sociales de la escuela. En la primera imagen, una adolescente abre una de las puertas del baño y borra del espejo la amenaza de tiroteo. Segunda toma, cada una de las puertas del baño se abre y salen estudiantes que llevan sus caras cubiertas con mensajes: “¿Y si viralizamos estudiar y cuidar en la escuela?”; “No todo lo que es viral es bueno, hay que pensar las consecuencias”; “La violencia en la escuela rompe algo más que paredes, rompe futuros”; “Con la vida de las personas no se juega”. Las amenazas cesaron en la escuela, aún no sabe con exactitud si respondió a esto u otra cosa. Es interesante ver, en esta intervención, el efecto que trae darles a las juventudes un lugar para que puedan pensar y pensarse, y que propongan las formas y maneras de establecer las conversaciones y las condiciones para el decir.
Es en la escuela donde aún ese hacer es posible, donde se entrecruzan una heterogeneidad de sujetos: niños, jóvenes y adultos, en un tiempo destinado a la formación, para Juan Porra, un tiempo “pausa” que posibilita suspender la prisa y poner entre paréntesis algunas condiciones de existencia para desplegar la imaginación, los procesos de simbolización, la exploración de saberes y conocimientos, los ensayos para estar juntes.
La desaparición de la violencia no conlleva la inmediata aparición de la convivencia. “Hablar de convivencia en aras del ejercicio educativo implica señalar una dirección que no solo se interesa por los actos pacíficos y violentos, y los conflictos que se desencadenan en torno a ellos, sino también incluye contemplar proyectos de convivencia que derivan en sentimientos, deseos, emociones, intenciones que compromete a los y las estudiantes, significa habilitar prácticas democráticas participativas”, sostuvo Alterman.
Quienes participaron del conversatorio coincidieron en que estamos frente a un gran desafío, que no puede hacerse en soledad y que requiere de los cruces entre saberes estudiantiles, docentes, universitarios; también de habilitar conversaciones entre diferentes trabajadores encargados del cuidado de jóvenes y niñes, tareas imposibles si no son pensadas institucionalmente y acompañadas por políticas públicas y presupuestos que las garanticen.
Llevar adelante este trabajo implica interpelar los tiempos en los que se busca resolver una problemática social compleja, que se habiliten momentos para conversar, para revisar acciones, protocolos y posicionamientos, abrir un tiempo para la escucha, para las preguntas colectivas: ¿seremos capaces?
Imagen de portada: Marcelo Carroll.
*Voces en Educación es una columna institucional de la Escuela de Ciencias de la Educación (ECE) de la UNC, un espacio de comunicación pública de la ciencia del campo educativo local
Fuente: www.latinta.com.ar