A 209 años del inicio del Cruce de Los Andes

La historia oficial ha convertido el Cruce de los Andes en una imagen congelada, casi mítica, vaciada de contenido humano, social y político. Sin embargo, el 12 de enero de 1817 marca el inicio efectivo de la mayor operación militar de la historia americana.
No fue un gesto simbólico ni una marcha romántica, sino el comienzo de una maniobra continental cuidadosamente planificada por José de San Martín para destruir el aparato colonial español en Chile, derrotar a su ejército realista y abrir el camino hacia el Perú, verdadero núcleo del poder imperial en Sudamérica.
El Ejército de los Andes había partido del Campamento de El Plumerillo el 6 de enero de 1817, luego de años de preparación logística, militar y política. Se organizaron seis columnas que avanzarían por distintos pasos de la Cordillera con el objetivo de engañar al enemigo, dispersar a las fuerzas realistas y evitar una concentración defensiva eficaz.
Esta estrategia no fue solo militar: fue profundamente política. San Martín sabía que no bastaba con declarar la independencia en Buenos Aires mientras el poder español siguiera intacto al otro lado de los Andes. Como él mismo lo expresó con crudeza y claridad: “Hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no estará concluida”.

Cuyo y el sostén popular de la Guerra de la Independencia

Nada de esta empresa hubiera sido posible sin el esfuerzo extraordinario de los pueblos de Cuyo. Mendoza, San Juan y San Luis sostuvieron materialmente la epopeya sanmartiniana con hombres, ganado, mulas, alimentos, textiles, armas y sacrificios económicos enormes.
Campesinos, artesanos, mujeres, esclavos y sectores populares entregaron lo poco que tenían para una causa que entendían como propia. Se fundieron campanas para fabricar cañones y se reorganizó la economía regional entera al servicio de la guerra. Esta participación popular y federal fue luego deliberadamente borrada por la historiografía liberal, incapaz de aceptar que la independencia no fue obra de una elite ilustrada porteña, sino de los pueblos del interior movilizados.
La primera columna en iniciar el cruce propiamente dicho fue la comandada por el Teniente Coronel Juan Manuel Cabot. El 12 de enero de 1817, la IV División se internó en la Cordillera por el paso de Guana, en la provincia de San Juan, el trayecto más septentrional y uno de los más inhóspitos. Cabot tenía apenas treinta y dos años, pero llevaba sobre sus hombros una misión estratégica decisiva: fijar fuerzas realistas, sembrar confusión y abrir el frente norte de la campaña.
En solo catorce días recorrió aproximadamente 705 kilómetros en condiciones extremas de frío, altura y escasez de recursos. Como segundo jefe lo acompañó el Teniente Coronel Francisco Zelada, otro protagonista sistemáticamente relegado por la historia oficial.

El Ejército Popular: Negros, mulatos y soldados del pueblo

El Ejército de los Andes no fue un ejército aristocrático ni profesional al estilo europeo. Estuvo compuesto en gran parte por negros, mulatos, esclavos liberados, gauchos y campesinos pobres, para quienes la guerra significaba también una ruptura personal con el orden colonial. Muchos combatían con la promesa de la libertad y con la conciencia de que la independencia no era una abstracción, sino una posibilidad concreta de emancipación. Este dato central fue ocultado por el relato liberal, incómodo frente a una revolución que tuvo un profundo contenido social.
El Cruce de los Andes no fue una marcha ordenada ni una gesta limpia. Hubo soldados que murieron por el frío, el hambre y las enfermedades; animales que cayeron por los despeñaderos; cuerpos que quedaron para siempre en la montaña. San Martín conocía ese costo y lo asumió con plena conciencia. No hubo improvisación ni engaño a la tropa: hubo una decisión revolucionaria frente a un enemigo poderoso.
La historiografía liberal suavizó estos hechos para transformar la epopeya en un relato escolar sin conflicto, ocultando que la independencia se pagó con sufrimiento real y vidas concretas.
Al frente de la columna de Cabot ondeó la llamada “Bandera Ciudadana”, de 1,70 metros por 1 metro, hoy custodiada por la provincia de San Juan. Fue la primera bandera celeste y blanca que se alzó victoriosa en territorio chileno, enfrentando directamente al ejército realista español y a las elites locales que sostenían el orden colonial. Antes de Chacabuco, antes de los actos oficiales y las proclamas, esa bandera anunció que la revolución americana había cruzado la Cordillera y que el imperio comenzaba a retroceder.

San Martín, conductor político de la Revolución Continental

San Martín no fue solo un jefe militar brillante: Fue un conductor político revolucionario. Enfrentó al imperio español y también a los intereses porteños que desconfiaban del plan continental y preferían una independencia limitada, comercial y dependiente. Su mirada era americana y antiimperial. En una de sus cartas más citadas dejó una definición que la historia oficial intenta despolitizar: “La independencia no se hará efectiva mientras exista un solo español armado en América”. El Cruce de los Andes fue la expresión concreta de esa convicción.
A pesar de un futuro promisorio en la carrera militar, Juan Manuel Cabot pidió la baja tras la Campaña de Chile y nunca volvió a tomar las armas. Se dedicó al comercio y fue lentamente borrado del panteón oficial. Su destino no fue una excepción, sino la regla para muchos protagonistas reales de la independencia. El nuevo orden político ya no tenía lugar para hombres formados en la guerra revolucionaria y sin vínculos con las elites dominantes. Cabot cumplió su misión con honor y patriotismo, pero fue condenado al silencio.
El 12 de enero de 1817 no marca solo el inicio de un cruce geográfico, sino el comienzo de una guerra popular, federal y continental contra el imperialismo. El ocultamiento de sus protagonistas, de su carácter social y de su sentido antiimperial no es casual: es funcional a un modelo de país dependiente, centralista y desmemoriado. El revisionismo histórico no busca romantizar el pasado, sino recuperar su verdad incómoda. Sin los pueblos cuyanos, sin los soldados negros y anónimos, sin Cabot, Zelada y tantos otros, no hay San Martín posible. Y sin esa memoria completa, no hay proyecto nacional soberano en el presente.
Fuente: Revisionismo Histórico Argentino